Portada: Ella salía de la habitación para atender llamadas de otros hombres. Al menos era honesta al respecto.

Ella salía de la habitación para atender llamadas de otros hombres. Al menos era honesta al respecto.

En resumen

Un portugués aprovechó el Phuket Sandbox para una escapada sin ataduras y acabó con Som, de 32 años, tres meses de playas escondidas y una regla clara desde el principio. Cuatro meses después entendió que ella nunca dejó de mantener sus opciones abiertas.

Soy portugués, tengo 38 años, y Tailandia acababa de abrir el Phuket Sandbox cuando decidí lanzarme sin pensármelo dos veces, reservando el vuelo la misma semana que vi la noticia en las noticias del trabajo.

Sin cuarentena de por medio, algo prácticamente milagroso después de todo lo que habíamos vivido esos dos años, llevaba meses trabajando sin parar, muchas horas extra y fines de semana perdidos, tenía dinero ahorrado que no había tenido ocasión de gastar en nada, y necesitaba desconectar de verdad. No buscaba nada serio, solo pasar un rato tranquilo para despejar la cabeza después de tanto tiempo encerrado en rutinas de trabajo y videollamadas interminables.

Una mujer que conocí online no dejaba de escribirme insistiendo en quedar para una cita de verdad, mensajes casi a diario preguntando cuándo por fin iba a hacer un hueco para ella. Yo iba poniendo excusas una detrás de otra, sin muchas ganas de complicarme la vida en un viaje que había planeado sin ataduras de ningún tipo, hasta que al final cedí, más por curiosidad que por otra cosa.

Se llamaba Som, tenía 32 años, y cuando apareció fuera de mi hotel una tarde de calor sofocante junto a una amiga, vestida sencilla pero con mucho gusto, no me podía creer lo guapa que era en persona, mucho más de lo que las fotos del perfil dejaban intuir.

Su amiga Nu vino con nosotros en las primeras tres citas, sentada siempre entre los dos al principio de la cena y luego, con el paso de las noches, cada vez un poco más apartada, algo que mis colegas me dijeron después que era buena señal para alguien que busca algo con recorrido en lugar de una noche cualquiera. En la tercera cita, Nu me preguntó directamente por qué todavía no había llevado a Som a una cita como es debido, con esa mezcla de curiosidad y reproche cariñoso que solo pueden tener las amigas de toda la vida que se conocen desde el colegio.

Lo que vino después fueron tres meses, sinceramente, del mejor momento de mi vida hasta la fecha. Kata Beach al atardecer con el cielo entero teñido de naranja, comida callejera con el sol cayendo sobre el mar mientras comíamos sentados en la arena con los pies descalzos, hoteles baratísimos porque Phuket estaba prácticamente vacía por la pandemia, calles enteras cerradas y restaurantes sin apenas clientela, y ella enseñándome playas escondidas y rincones locales que jamás habría encontrado por mi cuenta, sitios sin nombre en ningún mapa turístico donde solo íbamos nosotros y algún pescador de la zona.

Dejé claro desde el principio, la misma primera noche que salimos solos sin Nu, que me marcharía en algún momento, que no buscaba esposa ni hijos, que aquello tenía fecha de caducidad aunque no supiera cuál exactamente todavía. Ella dijo que le parecía bien, sin darle más vueltas al tema en ese momento, asintiendo con una calma que en su día interpreté como madurez y que ahora entiendo de otra manera.

Después de tres meses me apetecía viajar y ver algo más del país en lugar de quedarme siempre en el mismo sitio, así que puse rumbo a Bangkok y a las islas del sur, Koh Samui y un par de sitios más pequeños de paso. Seguimos en contacto por mensajes casi a diario al principio, pero algo no terminaba de encajar bien con el paso de las semanas. Ella se fue volviendo cada vez más distante, respuestas más cortas, tardando más en contestar cada vez, mensajes de buenos días que antes llegaban puntuales y que ahora se retrasaban horas o directamente no llegaban. La eché de menos más de lo que esperaba, más de lo que había echado de menos a nadie en mucho tiempo, y decidí volver a Phuket antes de lo que tenía planeado, cambiando vuelos y cortando el resto del viaje por la mitad.

Una semana antes de llegar tuvimos una discusión bastante fuerte por mensajes, y la presioné para que me dijera si había conocido a alguien más mientras tanto. Lo admitió, pero solo porque insistí una y otra vez sin dejarlo pasar.

Ya había pagado los vuelos y una habitación de hotel cerca de donde trabajaba ella, pensado especialmente para poder verla entre turno y turno, así que no tenía mucho sentido dar marcha atrás a esas alturas, por muy mal que me sintiera después de la conversación.

Volví a Phuket soltero, rechazado, alojado en un hotel ruidoso junto a una carretera con tráfico constante y un colchón durísimo que crujía cada vez que me movía, sintiéndome genuinamente hundido esos primeros días, preguntándome varias veces si no habría sido mejor quedarme en las islas del sur en lugar de volver a por más.

Entonces, al tercer día de estar de vuelta, me llamó de repente sin avisar. El otro tipo se había vuelto a su país, un viaje corto de trabajo, según entendí después. Ya no era tan ingenuo como para no entender lo que estaba pasando en realidad, por mucho que en su momento me hubiera costado admitirlo. Admitió que había estado hablando con varios hombres a la vez durante todo ese tiempo, manteniendo las opciones abiertas por si acaso alguna de ellas no salía bien.

Volvimos a estar como antes, quedando casi cada tarde después de su turno, pero esta vez ambos sabíamos exactamente lo que era aquello en el fondo, sin ninguna ilusión de por medio. Ella salía fuera de la habitación del hotel para contestar llamadas de otros hombres sin ningún disimulo, a veces hasta veinte minutos seguidos hablando en el pasillo. Lo acepté tal cual venía, sin montar ningún drama por ello. Al menos era honesta al respecto, más de lo que muchas otras habrían sido en su lugar según me contaban mis colegas que también andaban por la zona.

Al principio de todo me había comprado algunos regalitos pequeños, camisetas y cosas por el estilo que encontraba en algún mercadillo de camino a casa, envueltos con cuidado a pesar de lo baratos que eran, y ahora, con perspectiva y algo de distancia, entiendo que aquello formaba parte de hacer que no pareciera que todo giraba en torno al dinero desde el primer momento, aunque seguramente ni ella misma fuera del todo consciente de estarlo haciendo.

Pero siendo sincero, ella nunca me pidió nada de manera directa en ningún momento de los cuatro meses, ni una sola vez me puso una cifra concreta delante, aunque yo pagaba absolutamente todo, hasta el último café y el último trayecto en tuk tuk, y cuando apareció alguien más generoso que yo, se fue con él sin más explicaciones ni despedidas largas. Cuando aquello terminó, volvió a mí otra vez, como si no hubiera pasado nada entre medias. Por cada baht que ella gastaba en mí, yo me gastaba cien en ella, sin exagerar demasiado la cifra si hiciera bien las cuentas al final de todo.

Cuatro meses en total duró todo aquello, contando desde la primera cita con Nu de carabina hasta el día que hice la maleta para volver a Portugal. Espero de verdad que encuentre lo que está buscando, sea lo que sea que eso signifique para ella. He intentado retomarlo un par de veces desde entonces, escribiéndole cuando he vuelto a Tailandia por trabajo, y ella no tiene ningún interés, solo quiere que seamos amigos, algo que dice siempre con amabilidad pero sin dejar ningún resquicio abierto.

La lección, si es que hay alguna que sacar de todo esto, es que incluso cuando no lo parece, siempre hay un coste de por medio en este tipo de relaciones, por muy honesto y sencillo que parezca todo sobre el papel. Si tu novia gana el equivalente a 15 dólares al día y tú ganas 150, obviamente vas a terminar pagando tú la mayoría de las cosas, es simple matemática y no hace falta que nadie te lo pida en voz alta para que ocurra.

Esa es la realidad, sin más rodeos ni excusas bonitas. Las mujeres tailandesas en la treintena buscan sobre todo seguridad y a alguien con quien puedan contar a largo plazo, alguien que no vaya a hacer las maletas al cabo de unos meses. Si no ofreces eso, o algo parecido, seguramente aparecerá alguien que sí lo haga, tarde o temprano, y no hay mucho que reprocharle por ello.

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