Portada: Me dijo que una vez que consigue el corazón de un hombre, puede conseguir de él lo que quiera. Y aun así caí.

Me dijo que una vez que consigue el corazón de un hombre, puede conseguir de él lo que quiera. Y aun así caí.

En resumen

Un estadounidense de 52 años recuerda su relación de diez meses con Tan, una chica de bar de Phuket que fue honesta desde el primer día sobre cómo funcionaba. Aun sabiéndolo todo, cayó igual, hasta que ella le anunció que se casaba con otro.

Me llamo Dale, tengo 52 años, soy estadounidense, y llevo suficiente tiempo en este ambiente, en varios países, como para pensar que ya no me iban a sorprender. Me equivoqué.

En septiembre de 2021, con la pandemia todavía controlando buena parte del mundo, Tailandia era uno de los pocos sitios a los que un estadounidense podía viajar sin demasiado drama. Usé el esquema Phuket Sandbox, dos semanas obligatorias en la isla en vez de dos semanas encerrado en un hotel de Bangkok. Solo un puñado de bares abiertos en Bangla Road, las mismas caras noche tras noche allá donde fueras. Tenía un aire de campamento de verano para adultos, todo el mundo conocía a todo el mundo a los tres días.

Llevaba casi dos semanas bebiendo casi todas las noches en el mismo bar, con la misma chica sentándose siempre conmigo, hasta que una noche ella estaba ocupada con otro cliente. Fue esa noche cuando una mujer llamada Tan, que estaba cerca, empezó a hablar conmigo.

Se notaba enseguida que tenía experiencia, que no era ninguna recién llegada del campo buscando su primer sueldo en la ciudad. Fue directa desde el primer minuto, me dijo sin rodeos que llevaba trabajando en bares desde los 18 años, que ahora tenía 29, once años de oficio, y en un momento dado soltó, casi de pasada, como quien comenta el tiempo que hace, que una vez que consigue el corazón de un hombre puede conseguir de él lo que quiera. Lo dijo sin dramatismo, sin intención de impresionarme ni de advertirme, simplemente como un hecho más de su vida, y ese tono tranquilo fue justo lo que me hizo bajar la guardia en vez de subirla.

Yo había pasado suficientes años en bares parecidos, en Manila, en Cartagena, en un par de sitios de los que prefiero no acordarme demasiado, como para reconocer el guion habitual a la legua: la chica tímida que nunca había hecho esto antes, el hermano enfermo, las lágrimas justo a tiempo cuando pedías la cuenta. Tan no me ofreció nada de eso. Me contó exactamente quién era y cómo funcionaba, y de algún modo esa honestidad brutal me pareció más seductora que cualquier mentira bien contada que me hubieran soltado antes.

Cualquiera diría que eso debería haberme espantado. En vez de eso me pareció casi un alivio. Tan me había estudiado en cuestión de minutos y decidió que yo no necesitaba el guion habitual, las excusas, el numerito de la chica tímida. Esa noche terminamos saliendo juntos.

Al día siguiente volvió a buscarme, esta vez en su propio coche, algo que enseguida entendí como una señal de que llevaba tiempo en esto y le iba bien. Pasamos juntos cada una de las noches que me quedaban en la isla. Después de la primera noche no volvió a pedirme nada más, le pagaba las copas en su bar y la comida cuando salíamos, exactamente como haría con cualquier cita normal en cualquier parte del mundo.

Cuando terminaba su turno solíamos ir a unas fiestas que montaban después de hora en apartamentos de la zona alta de la isla, en las colinas sobre Patong. El toque de queda para el alcohol, todavía vigente por la pandemia, hacía que esas fiestas privadas fueran literalmente la única opción de la ciudad para seguir bebiendo pasada cierta hora, así que se llenaban de gente del ambiente, chicas de bar, encargados, algún que otro cliente con suerte como yo.

Estar con Tan cambiaba por completo cómo me trataban en esas fiestas. Dejé de ser un cliente y pasé a ser el acompañante de una de las suyas, así que me hablaban con naturalidad delante de mí, sin filtro, como si yo ya no contara del todo como farang de paso. Vi de cerca, desde dentro, todos los trucos y juegos que se montaban entre ellas y los clientes extranjeros, quién fingía estar enamorada de quién, quién repartía a tres hombres distintos entre semana sin que ninguno lo supiera, quién ya tenía marido en su pueblo de Isaan y nunca lo mencionaba a según qué clientes, quién llevaba la cuenta exacta de cuánto le había sacado ya a cada uno ese mes, como quien lleva la contabilidad de un pequeño negocio, porque en el fondo era exactamente eso.

Recuerdo una noche en particular, sentado en el borde de una piscina de esos apartamentos con una cerveza caliente en la mano, escuchando a dos de las amigas de Tan comparar entre risas las cantidades que cada una había conseguido sacarle esa semana a sus respectivos novios extranjeros, uno alemán, otro australiano creo. Lo hacían sin ninguna vergüenza, delante de mí, precisamente porque yo estaba con Tan y por tanto ya no contaba como un cliente cualquiera al que hubiera que cuidarle las formas. Me reí con ellas esa noche, como uno más del grupo. Lo veía todo y, como un idiota, seguía pensando que lo mío con Tan era distinto a todo aquello.

Volví a Tailandia tres veces más en los diez meses siguientes, cada viaje un poco más largo que el anterior, cada vez inventando una excusa de trabajo un poco menos convincente para justificarlo ante mí mismo. Para entonces estaba completamente enamorado de ella, sin matices, sin la típica reserva de un hombre con mi kilometraje. Entre visita y visita hablábamos por videollamada durante horas, algunas noches simplemente dejábamos la cámara encendida mientras dormíamos, cada uno en su lado del mundo, con doce horas de diferencia horaria de por medio, como si eso sustituyera de alguna forma el hecho de no estar en la misma cama. Le compré un teléfono nuevo para que la conexión no se cortara tanto. Ya no me imaginaba una vida sin ella en algún rincón de ella, sin plantearme demasiado en qué rincón exacto de esa vida encajaba yo.

La realidad, claro, se abría paso una y otra vez, por mucho que yo intentara taparla. Tan seguía trabajando en el bar, discutíamos por eso cada vez que yo estaba allí, y la historia iba cambiando poco a poco, con una lógica que solo tenía sentido si querías creerla. Primero me dijo que solo trabajaba por las copas, nada más, que ya no se sentaba con clientes fuera del bar. Después la versión pasó a ser que mientras ella me quisiera solo a mí, lo demás no debería importarme.

Cuando estás tan metido dentro de algo así, tu cabeza encuentra la manera de que cualquier explicación suene razonable. Yo me la creía, o fingía creérmela, que a esas alturas ya venía a ser lo mismo.

Después las llamadas empezaron a acortarse. Ella desaparecía más seguido, con las excusas de siempre, el teléfono roto, mucho trabajo, una prima enferma. En lo que terminó siendo mi último viaje me dijo, sin demasiado rodeo, que se iba a casar con un estadounidense y que esa sería la última vez que nos veríamos. Me quedé destrozado, ahí de pie en su bar de siempre en Bangla Road, con la cerveza a medias sobre la mesa.

Mirando atrás ahora, las señales estaban por todas partes desde el principio y elegí no ver ni una sola. Elegí ver a una mujer honesta que por casualidad tenía un trabajo complicado, en vez de ver exactamente lo que ella misma me había dicho que era la primera noche que hablamos.

Aun así me quedé las cinco noches que me quedaban con ella, porque ya había venido hasta Tailandia y porque, sencillamente, no sabía hacer otra cosa. Salimos a cenar, fuimos a su bar como siempre, hablamos de cosas sin importancia como si ninguno de los dos hubiera dicho nada trascendente unos días antes, y en algún momento dejé de intentar entender por qué ella podía actuar con tanta normalidad y me limité a disfrutar de lo que quedaba, que no era mucho pero era lo único que tenía.

La última noche me senté en el vestíbulo de su edificio de apartamentos mientras ella subía a llamar a su prometido para darle las buenas noches, algo que hacía todas las noches sin falta, según me contó ella misma sin ningún problema, con la misma tranquilidad con la que me había contado todo lo demás desde el primer día. Me quedé ahí abajo, en un sofá de recepción bastante incómodo, viendo pasar a otros huéspedes del edificio, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con lo que sentía. Bajó veinte minutos después, se despidió de mí con un abrazo normal, del tipo que le das a un amigo del trabajo, y eso fue todo.

Durante años me pregunté cómo hombres inteligentes, con experiencia, con dinero de sobra para no necesitar hacer tonterías, terminaban cayendo en situaciones que desde fuera se ven tan obvias. Ahora lo sé exactamente, porque soy uno de ellos. No hace falta ser tonto ni estar desesperado. Basta con pasar tiempo con alguien que te gusta, día tras día, noche tras noche, y los sentimientos llegan solos, quieras o no. Nadie es inmune a eso, ni siquiera un tipo de 52 años que ya debería saber cómo funciona el juego.

Sigo yendo a Tailandia con regularidad, un par de veces al año, y no tengo ningún reproche contra el país, ni contra Phuket, ni contra Bangla Road. El problema nunca fue el lugar. Solo salgo mucho más sabio sobre cómo funciona realmente este juego, y con la costumbre de fijarme en las señales que antes prefería no ver.

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