Portada: 12.500 baht por dos botellas de vino. Cuando bajé del taxi, vi al encargado subirse con ella.

12.500 baht por dos botellas de vino. Cuando bajé del taxi, vi al encargado subirse con ella.

En resumen

Un austriaco quedó con una mujer de Thai Friendly en Bangkok: cena cara, un local sombrío, otra botella de vino y una cuenta de 12.500 baht acompañada de un chantaje emocional. La escena final en la puerta del hotel lo dejó todo claro.

Acabo de volver de Bangkok, donde me estafaron de una manera bastante sencilla, la verdad. Lo vi venir, pero no lo bastante rápido como para evitarlo del todo.

Soy austriaco, tengo 44 años, y conocí a una mujer en Thai Friendly unos días antes de mi viaje, mientras mataba el tiempo en el aeropuerto de Viena esperando el vuelo. Se llamaba Fon, tenía 37 años, un perfil con fotos bien cuidadas y una conversación fluida desde el primer mensaje, de esas que hacen que uno baje la guardia sin darse cuenta. Le dije en qué zona de la ciudad me alojaba sin pensármelo dos veces, casi de pasada, algo que ahora sé que fue el primer error de la noche, el que abrió la puerta a todo lo demás. Quedamos para vernos la segunda noche de mi estancia, después de un primer día dedicado solo a pasear y adaptarme al calor.

Apareció puntual en la puerta del hotel, vestida con más cuidado del que suele verse en una primera cita cualquiera, y nos subimos directos a un taxi hasta un restaurante tailandés que ella conocía bien, según dijo, uno de sus sitios favoritos de la zona donde según ella siempre la trataban de maravilla. Nada más sentarnos empezó a pedir prácticamente todo el menú, plato tras plato sin pausa ni consultarme apenas, además de una botella de vino tinto que costaba 2.500 baht, diciéndome que era lo único que bebía, con una naturalidad que en su momento no me pareció rara en absoluto.

La cuenta fue considerable, bastante más de lo que había calculado mentalmente mientras comíamos. La pagué sin rechistar, sacando la tarjeta casi por reflejo. La química parecía buena, risas fáciles, contacto visual constante, alguna mano rozando la mía sobre la mesa, el tipo de noche que uno espera cuando decide arriesgarse con una cita a través de una aplicación después de meses sin hacer nada parecido.

Después me propuso ir a ver un espectáculo cerca de allí, solo cinco minutos caminando, dijo, nada del otro mundo, cogiéndome de la mano para cruzar la calle entre el tráfico de motos. Acabamos en un local bastante sombrío, con luces tenues de colores y música de fondo que no dejaba escuchar bien las conversaciones, mesas bajas con cojines en lugar de sillas normales, donde pidió otra botella del mismo vino tinto sin ni siquiera consultarme, levantando dos dedos hacia el camarero como quien ya conoce el sitio de memoria. Fueron apareciendo aperitivos poco a poco sin que nadie los hubiera pedido en voz alta, melón cortado en trozos pequeños, piña, algunos entrantes más que ni llegué a identificar del todo entre la penumbra. Un hombre tailandés se sentó con nosotros en la mesa sin que nadie se lo pidiera, vestido con un polo oscuro con el logo del local bordado en el pecho, y ella lo presentó como el encargado, con total naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo que se uniera a la mesa.

Con la primera copa de la segunda botella ya encima, todas las señales apuntaban en la dirección correcta, o eso me pareció entonces. Bailaba pegada a mí entre mesa y mesa, con la música tailandesa a un volumen que hacía imposible cualquier conversación seria, me sostenía la mirada más tiempo del habitual, se reía de mis comentarios más flojos como si fueran genuinamente graciosos, apoyando la mano en mi brazo cada vez que se reía. Todo apuntaba hacia una buena noche, sin ninguna duda razonable en mi cabeza en ese momento, ni el más mínimo indicio de que algo no encajaba del todo.

Sobre la medianoche llegó la cuenta.

12.500 baht.

Cuando empecé a cuestionar el importe, poniendo el dedo en cada línea de la cuenta que no terminaba de cuadrarme, contando mentalmente cuántas copas habíamos bebido realmente frente a lo que aparecía anotado, ella me dijo, bajando la voz pero con firmeza, que no la avergonzara delante de todos, que iba a perder la cara si seguía insistiendo con el tema delante del encargado y del resto de camareros que ya empezaban a mirar de reojo hacia nuestra mesa.

Me había quedado sin efectivo encima, apenas unos pocos cientos de baht sueltos en el bolsillo, así que tuve que salir a buscar un cajero automático un par de calles más abajo, caminando solo por una calle mal iluminada, diciéndome a mí mismo que no pasaba nada, que de todas formas íbamos a volver juntos al hotel después, que aquello era solo un mal trago pasajero antes de una buena noche que todavía tenía por delante.

Volvimos a la mesa, pagué el resto en efectivo delante de ella y del encargado, que contó los billetes con una calma que ahora, en retrospectiva, me resulta bastante reveladora. Cogimos un taxi juntos y entonces dijo, con cara de preocupación repentina, que su hija estaba en casa con hambre, esperándola, y le pidió al conductor que me dejara primero a mí en mi hotel antes de seguir camino hacia donde fuera que ella viviera realmente.

Mientras bajaba del taxi, ya en la puerta del hotel con la llave de la habitación todavía en el bolsillo, vi al encargado del local salir del mismo edificio por una puerta lateral, pero esta vez vestido de calle, camiseta normal y chanclas, sin el polo del uniforme de antes, y subirse al mismo taxi con ella sin la menor prisa ni disimulo, como quien vuelve a casa después de un turno normal de trabajo cualquiera.

Novio. Evidentemente.

Una estafa clásica, ejecutada con bastante soltura, la verdad, casi con elegancia si uno se para a analizarla con frialdad después. El restaurante escogido con cuidado, el local del espectáculo como segunda parada ya planificada de antemano, la química fingida de principio a fin, la culpa por hacerle perder la cara como mecanismo para conseguir que pagara sin más preguntas, y la salida perfectamente coreografiada en cuanto el dinero ya estaba en sus manos.

Ahora que lo pienso con la cabeza fría, cada pieza encajaba de una manera casi demasiado precisa para ser improvisada. El encargado que aparece sin que nadie lo llame, las bebidas que van llegando justo cuando hacen falta para mantener el ambiente, la excusa de la hija hambrienta preparada de antemano para separarnos sin que pareciera sospechoso. Debían de llevar haciendo esto un buen tiempo, con la práctica suficiente como para que todo pareciera espontáneo cuando en realidad no lo era en absoluto.

Lo que más me molesta, honestamente, no es tanto el dinero perdido esa noche, que tampoco fue una cantidad que me fuera a arruinar la vida ni mucho menos, sino lo bien que funcionó cada parte del engaño encajada con la siguiente, sin ninguna fisura visible hasta que ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto. Me pasé buena parte del vuelo de vuelta a Viena repasando la secuencia entera en la cabeza, intentando identificar el momento exacto en que debería haberme dado cuenta, y la verdad es que había varios, no solo uno.

No cuento esto para decir que Bangkok sea un sitio peligroso ni para generalizar sobre nadie que viva allí, que la inmensa mayoría de la gente con la que me crucé durante el viaje fue perfectamente amable y honesta. Lo cuento porque a los 44 años pensaba que ya había visto lo suficiente como para no caer en algo tan evidente visto con perspectiva, y una cena agradable con vino tinto y una sonrisa fácil demostró que estaba equivocado.

No le digas a las chicas dónde te alojas antes de haberlas visto en persona al menos una vez, ese dato de más solo sirve para que puedan planificar mejor cómo separarte del dinero. Y si llega una cuenta que no se parece en nada a lo que habéis pedido, ya estás dentro de una estafa, no hay vuelta atrás posible en ese punto. Márchate antes de que empiece la conversación sobre perder la cara, porque en el momento en que esa conversación arranca, ya has perdido tú, no ella.

Sigue leyendo

Historias relacionadas