Siete meses de videollamadas todas las noches, y nunca me pidió nada. Después vi las fotos de su preboda con otro hombre.
En resumen
Un danés de 46 años conoció a Bun, una traductora tailandesa de 26, y hablaron a diario durante siete meses antes de verse en persona. Pasaron un mes juntos entre Bangkok y Pattaya sin ninguna señal de alarma. Semanas después de volver a casa, ella desapareció, y unas fotos de preboda en Facebook fueron la última pista.
Soy danés y el año pasado hice mi primer viaje en solitario a Tailandia. Tengo 46 años, y llevaba tiempo queriendo hacer ese viaje sin saber muy bien qué esperar de él.
Me alojé cerca de Patong Beach, en Phuket, y pasé la mayor parte del viaje haciendo lo que hacen muchos hombres solteros que llegan solos por primera vez: disfrutar de la vida nocturna, conocer a gente distinta cada noche, pasarlo bien sin ninguna intención de tomarme nada en serio con nadie. Fueron dos semanas de bares en la playa, resacas cortas y conversaciones que se me olvidaban al día siguiente, exactamente lo que había ido buscando en ese momento concreto de mi vida.
Cuando volví a casa, sin embargo, no podía dejar de pensar en Tailandia. No era solo la nostalgia típica de después de unas vacaciones, era algo más persistente. Me creé una cuenta de Facebook aparte, solo para mis contactos de allí y para mi afición a la fotografía, que había retomado con fuerza gracias a todo lo que había fotografiado durante el viaje. Publicaba fotos de atardeceres en la playa y algún retrato robado a desconocidos con su permiso, y poco a poco empecé a recibir comentarios y mensajes de gente que había visto las fotos y quería hablar de Tailandia conmigo. Fue justo ahí, en esa cuenta paralela, donde conocí a una mujer tailandesa llamada Bun.
Bun tenía 26 años, trabajaba como traductora para una revista de moda en Bangkok, y también hacía algo de modelaje de vez en cuando para la misma revista y para alguna marca pequeña. Empezamos a hablar de forma casual, comentando fotos y poco más, preguntándole yo por sitios buenos para fotografiar la próxima vez que volviera. Pero no tardamos mucho en escribirnos todos los días sin falta, primero mensajes cortos por la mañana y luego conversaciones más largas por la noche. Hacíamos videollamada varias veces por semana, y lo mantuvimos así durante siete meses completos antes de llegar a conocernos en persona, algo que en su momento me pareció perfectamente razonable y que ahora, mirando atrás, me sigue pareciendo la parte más sana de toda la historia. Hablábamos de todo un poco, de su trabajo en la revista, de mi trabajo en una oficina de ingeniería en Copenhague, de series que veíamos los dos por separado y comentábamos después, de lo raro que le parecía el invierno danés cuando le enseñaba fotos nevadas de mi calle.
Una de las razones por las que confié en ella fue que nunca me pidió absolutamente nada durante todo ese tiempo. Ni una emergencia familiar, ni una factura pendiente, ni una insinuación siquiera. Lo único que le envié en los siete meses fueron 3.000 baht, y fue porque yo quería hacer algo bonito por ella para su cumpleaños, no porque ella lo hubiera pedido ni mucho menos esperado.
Cuando volví a Tailandia en diciembre, me esperaba en el aeropuerto de Bangkok con un cartel escrito a mano con mi nombre mal deletreado que todavía guardo en fotos. Pasamos el mes siguiente juntos entre Bangkok y Pattaya. Me presentó a su jefa y a sus compañeros de la revista en una comida que me puso más nervioso de lo que esperaba, me enseñó los sitios que le gustaban de verdad, no los típicos de guía turística, mercados pequeños, un café escondido en una calle sin nombre claro, y hablamos constantemente sobre el futuro, sobre dónde podríamos vivir algún día, sobre si le gustaría conocer Dinamarca en pleno invierno con toda su oscuridad.
Aparte de una discusión bastante tonta durante una cena en Pattaya, por algo relacionado con quién había elegido el restaurante y que ninguno de los dos recuerda ya con claridad, nos llevamos realmente bien todo el mes. Recuerdo que nos reconciliamos esa misma noche paseando por la playa sin decir gran cosa, y que a la mañana siguiente ninguno de los dos volvió a mencionar el tema.
En Bangkok, en cambio, los días tenían otro ritmo completamente distinto. Ella trabajaba hasta media tarde, así que yo aprovechaba las mañanas para pasear solo por mercados que ella me había recomendado la noche anterior, y nos encontrábamos después para cenar y contarnos el día como una pareja normal en cualquier ciudad del mundo. Una noche me llevó a la fiesta de cumpleaños de una compañera suya de la revista, y pasé la mayor parte de la noche sonriendo sin entender ni la mitad de las bromas en tailandés, algo que a ella le pareció muchísimo más gracioso que a mí.
Durante el viaje vi que vivía en un apartamento bastante deteriorado, con humedad en el techo del baño y una ventana que no cerraba del todo bien, dejando entrar el ruido de la calle toda la noche, así que la ayudé a mudarse a un condominio mucho mejor cerca de su trabajo, con portero y piscina en la azotea. No le estaba pagando ninguna factura ni nada parecido a un alquiler mensual continuado, solo quería que tuviera un sitio decente donde vivir mientras yo estuviera allí y también después de que me fuera.
Cuando volví a Dinamarca, las cosas siguieron con normalidad durante unas dos semanas. Seguíamos hablando todos los días, haciendo planes, contándonos el día a día como siempre habíamos hecho. Después sus mensajes empezaron a hacerse más cortos y menos frecuentes, algo que al principio achaqué al trabajo o al simple cansancio de la rutina. Un día me dijo, por mensaje y no por videollamada, algo que en sí mismo ya me pareció raro, que creía que sería mejor terminar la relación.
La razón que me dio fue que todavía quería a su ex.
No me cuadraba mucho, porque solo unas semanas antes habíamos estado juntos hablando de nuestro futuro como si nada pudiera interponerse en el camino. Le escribí varias veces esa misma semana pidiéndole que al menos habláramos por videollamada una última vez, cara a cara y no por texto, pero se negó cada vez con una excusa distinta. Cada vez que le pedía una explicación un poco más completa, ella simplemente repetía que tenía sus razones, sin dar ni un solo detalle más allá de esa frase repetida casi palabra por palabra cada vez, como un guion que se había aprendido de memoria.
Después de eso me fue bloqueando poco a poco en todas partes, primero Line, luego Instagram, y finalmente Facebook, como si estuviera tachando una lista con calma, sin prisa ninguna, a lo largo de casi dos semanas enteras en lugar de hacerlo todo de golpe.
Unas semanas más tarde estaba mirando Facebook sin mucho interés, matando el tiempo en el sofá, cuando me encontré con una foto que había subido un amigo en común de Bangkok. El pie de foto decía simplemente "Pre-Wedding", y en la imagen estaba Bun, vestida de una forma que no le había visto nunca, elegante de un modo casi irreconocible, junto a un hombre que no reconocí en absoluto, con la mano de él apoyada en su espalda de una forma que dejaba pocas dudas sobre lo que significaba esa palabra en la foto. Me quedé mirando la pantalla más tiempo del que me gustaría admitir, ampliando la imagen con los dedos para ver mejor una cara que hasta ese día no había existido para mí.
Cuanto más lo pensaba esa noche, más recordaba algo que me había contado meses antes, casi de pasada, durante una de nuestras primeras videollamadas cuando todavía nos conocíamos poco. Había estado a punto de casarse con un ex novio tiempo atrás, pero la relación se rompió porque él no podía cubrir lo que sus padres pedían para la boda en aquel momento de su vida.
Mi teoría, y solo puedo especular porque nunca tuve confirmación de nada, es que él volvió en algún momento con más posibilidades económicas que antes, con lo que fuera que sus padres necesitaban ver para dar el visto bueno, retomaron lo suyo sin que yo lo supiera, y ella lo eligió a él en lugar de a mí cuando llegó el momento de decidir de verdad.
Nunca lo sabré con certeza, porque ella nunca me explicó realmente qué había pasado, ni entonces ni después, por mucho que insistiera en preguntarle en aquellos últimos mensajes.
Lo último que vi fueron esas fotos de la preboda circulando entre amigos comunes durante un par de semanas, cada vez con más comentarios y felicitaciones debajo. Después de eso, no volví a saber nada de ella nunca más, ni una palabra, ni una explicación tardía, nada.
A veces me pregunto si el condominio en el que la ayudé a mudarse sigue siendo su casa ahora, o si se mudó de nuevo cuando se casó. Es un pensamiento un poco absurdo, lo sé, pero es de las cosas que se me quedan pegadas en la cabeza cuando pienso en todo esto de madrugada, sin ninguna razón lógica para hacerlo.