Un viaje a Vietnam me enseñó a distinguir el deseo del amor. Volví a Tailandia, conocí a una mujer 24 años menor que yo, y voy a pedirle matrimonio.
En resumen
Un canadiense de 52 años, tras confundir deseo con amor en un viaje a Vietnam, vuelve a Tinder buscando algo real y conoce a una mujer tailandesa de ascendencia china 24 años menor que él. Tres semanas juntos recorriendo Bangkok, Pattaya y Koh Samui se convierten en el inicio de una relación a distancia que, pese a sus baches, sigue en pie camino a una propuesta de matrimonio.
Después de un viaje a Vietnam entendí que lo que yo llamaba amor había sido, sobre todo, deseo.
Fue en el vuelo de vuelta, en algún punto sobre el Pacífico, cuando até cabos de verdad. Había pasado semanas convenciéndome de que sentía algo profundo por alguien con quien apenas había mantenido una conversación real, alguien de quien no sabía prácticamente nada salvo lo que se veía a simple vista. No fue un descubrimiento agradable. Volví a Canadá con la sensación incómoda de haber confundido durante meses una cosa con la otra, y con 52 años ya no me quedaban ganas de seguir engañándome a mí mismo.
Así que volví a instalarme Tinder, pero esta vez con la cabeza mucho más despejada. Nada de deslizar sin pensar ni de dejarme llevar por la primera sonrisa bonita. Preguntaba a las mujeres por su trabajo, por su pasado, por si tenían hijos, por lo que de verdad querían de la vida antes de plantearme siquiera quedar con nadie en persona. La mayoría de las conversaciones se apagaban solas al cabo de un par de mensajes, y me parecía bien: prefería descartar pronto a arrepentirme tarde. Había pillado el gusanillo de Asia con fuerza después de aquel viaje, y tenía clarísimo que si iba a encontrar algo real, sería allí, no en la ciudad canadiense de tamaño medio donde llevaba viviendo toda la vida y donde ya conocía, más o menos, a todo el mundo que iba a conocer.
Ella apareció entre los resultados una noche cualquiera.
Veinticuatro años menor que yo, de ascendencia china, criada en Chiang Rai, de carácter dulce, con un inglés correcto aunque limitado, y una sonrisa capaz de derretir a cualquiera, incluso en una foto de perfil pequeña y algo pixelada. La llamaré Flower, que no es su nombre real.
Hablamos varias semanas antes de decidirme a nada. Videollamadas cortas al principio, casi todas con mala conexión, ella riéndose de mi acento cuando intentaba repetir alguna palabra en tailandés que me había enseñado. Preguntas sencillas que fui haciendo más profundas con el tiempo: cómo era su familia, cómo era Chiang Rai, por qué se había mudado a Bangkok, qué esperaba de una relación con alguien que vivía al otro lado del mundo. Me contó de un trabajo de oficina que no la llenaba especialmente, de un padre que había fallecido años atrás, de una madre a la que ayudaba económicamente cuando podía. Nada de las respuestas ensayadas que había aprendido a reconocer después de Vietnam, nada que sonara a guion. A finales de 2022 compré un vuelo a Bangkok para conocerla en persona, con más nervios de los que había sentido en años, sin saber muy bien qué esperar, y acabamos pasando las tres semanas enteras juntos.
La encontré esperando en la zona de llegadas del aeropuerto Suvarnabhumi, más pequeña de lo que parecía en las videollamadas, con un cartel escrito a mano con mi nombre mal deletreado que había hecho solo para tomarme el pelo. Nos abrazamos como si nos conociéramos de mucho más que unas semanas de pantalla.
Me llevó por Bangkok, Pattaya y Koh Samui, y disfruté cada minuto de las tres.
Bangkok me dejó completamente asombrado. El sistema de transporte público, un BTS y un MRT que funcionaban con una puntualidad que en Canadá solo existe en los folletos publicitarios. Comida por todas partes y a cualquier precio, desde un puesto callejero por treinta baht hasta un restaurante con mantel de tela, pasando por todo lo intermedio en la misma manzana. Templos dorados que aparecían entre rascacielos de cristal sin ningún aviso previo, como si la ciudad no hubiera decidido del todo en qué siglo quería vivir. La amabilidad constante de la gente, incluso con mi torpeza para pedir las cosas. Lo limpias que estaban las estaciones del MRT, tanto que al principio me sentía raro tirando cualquier cosa al suelo. Y sobre todo, lo seguro que me sentía caminando solo de noche, algo que no esperaba en absoluto viniendo de fuera.
Pattaya fue otra cosa completamente distinta.
La primera noche, Flower me llevó directamente a Walking Street. Toda una experiencia con una chica nueva del brazo, os lo aseguro. Soy una persona bastante reservada, más de conversación tranquila que de multitudes, así que os confieso que al principio me sentí incómodo entre tanto neón, tanta música a todo volumen saliendo de cada bar a la vez, tanta gente llamándote desde las puertas para que entraras. Debí de poner una cara memorable, porque a ella le pareció graciosísima y se pasó un buen rato riéndose de mí en vez de consolarme, imitando mi expresión cada pocos minutos solo para volver a reírse.
Nos tomamos una copa en un bar abierto a la calle, nadie nos molestó en ningún momento, y me limité a observarlo todo, la energía del sitio, la mezcla de gente de todas partes del mundo, las luces reflejadas en la acera mojada, la música que cambiaba de estilo cada pocos metros. Entiendo perfectamente por qué tantos hombres acaban yendo allí una y otra vez. No es un juicio, es solo una observación después de haberlo vivido una noche con mis propios ojos, del brazo de alguien que ya conocía el sitio de memoria.
El trayecto en coche de Bangkok a Pattaya, y luego más allá, resultó tan memorable como cualquiera de las dos ciudades.
Un santuario de elefantes fue uno de los momentos que más recuerdo. Nada de paseos a lomos del animal ni ganchos a la vista, solo cuidadores lavando y dando de comer a los elefantes en un río poco profundo mientras nos explicaban de dónde venía cada uno y qué le había pasado antes de llegar allí. Flower traducía lo que se le escapaba a mi inglés y al suyo por igual, y los dos acabamos empapados hasta la cintura ayudando a bañar a una elefanta que, según el cuidador, tenía debilidad por los plátanos y por nadie más.
También un mercado flotante durante uno de los trayectos en coche, con barcas de madera cargadas de fruta y curry recién hecho abriéndose paso entre canales estrechos mientras las vendedoras regateaban de barca a barca sin ni siquiera mirarse. Y una comida de dim sum en un pueblo pequeño donde paramos casi por casualidad, donde yo era la única cara occidental en todo el local, sentado en una mesa compartida con una familia tailandesa que insistió en explicarme, con gestos y unas pocas palabras en inglés, qué era cada plato antes de que lo probara, aplaudiendo cada vez que aprobaba algo con la cara.
Experiencias brillantes, todas ellas, del tipo que uno recuerda con más detalle con el paso de los años en vez de menos.
Koh Samui, la última parada, fue el respiro que ninguno de los dos sabía que necesitábamos después de Bangkok y Pattaya. Días enteros sin planes fijos, tumbados en la arena de Chaweng, cenas de pescado a la parrilla con los pies todavía llenos de arena, y las primeras conversaciones de verdad sobre qué pasaría cuando yo tuviera que volver a Canadá. Ninguno de los dos tenía una respuesta clara, y por primera vez en años eso no me dio miedo.
Así que esa es mi pequeña historia de cómo conocí a mi novia. He vuelto cuatro veces desde entonces, cada vez contando los días antes del vuelo como un adolescente, comprando cosas absurdas en el aeropuerto de última hora porque de repente me parecían regalos perfectos, y tengo planeado volver una vez más, la quinta, para pedirle matrimonio.
No ha sido un camino perfectamente liso. Hemos tenido nuestras rachas complicadas, algún tiempo separados en el que ninguno de los dos sabía muy bien si seguir adelante, discusiones por videollamada que se cortaban a media frase por la mala conexión y dejaban las cosas peor de lo que estaban antes de colgar. Hubo un tramo, hace un par de años, en que casi dejamos de hablarnos del todo durante semanas, cada uno convencido de que el otro se había cansado primero. Pero siempre acabamos volviendo el uno al otro, sin que ninguno de los dos lo planee del todo, como si la distancia se encargara ella sola de recordarnos por qué merecía la pena seguir intentándolo.
Mis hijos de un matrimonio anterior tardaron un tiempo en hacerse a la idea de la diferencia de edad, y todavía bromean con ello en las cenas familiares, aunque he notado que cada vez lo hacen con menos mala intención y más cariño hacia ella. Mis amigos de toda la vida, los mismos con los que crecí en aquella ciudad canadiense donde ya no me queda nada por descubrir, tardaron más en entenderlo, pero después de una videollamada de grupo un poco torpe en la que ella insistió en hablar en su inglés limitado en vez de dejarme traducir, casi todos cambiaron de tono.
Con eso creo que ya he contado suficiente por ahora.
Espero de verdad no estar cometiendo un error al pedírselo. Pero después de todo lo que hemos pasado, de lo mucho que hemos vuelto el uno al otro sin que nadie nos obligara, creo que ya he tenido tiempo de sobra para estar seguro.