Portada: El confinamiento le arruinó los negocios que había levantado en veinte años. Nunca dejó de llamarme cada mañana y cada noche.

El confinamiento le arruinó los negocios que había levantado en veinte años. Nunca dejó de llamarme cada mañana y cada noche.

En resumen

En un tour organizado por Tailandia en 2019, un irlandés conoció en Koh Samui a una mujer divorciada dueña de varios negocios. El confinamiento la obligó a mudarse a Isaan, pero nunca dejaron de hablar cada día. Años después, él planea pedirle matrimonio en su próxima visita.

Fui a Tailandia por primera vez en 2019. Tengo 39 años, soy irlandés, y había viajado bastante antes de eso, Europa entera, un par de meses por Sudamérica, incluso Australia una vez, pero por alguna razón nunca había llegado hasta Tailandia. Siempre lo dejaba para el año siguiente, como si el país fuera a esperarme sin cambiar mientras yo iba tachando otros destinos de la lista primero. Después de todas las veces que he vuelto desde entonces, mi único arrepentimiento es no haber ido años antes.

Como era mi primer viaje, reservé un tour organizado con guía, algo que normalmente no habría hecho, pero que me pareció lo más sensato para no perderme nada estando solo en un país que no conocía de nada. La mayoría del grupo eran australianos ya mayores, encantadores todos ellos, con historias de sus propios viajes de juventud que contaban una y otra vez durante la cena, aunque después de un par de cervezas solían irse a dormir bastante pronto, sobre las nueve y media casi todas las noches. Yo, en cambio, me escapaba un rato por mi cuenta casi siempre, a ver qué encontraba por las calles cercanas al hotel mientras el resto del grupo dormía. El guía me lo advirtió el primer día, medio en broma, que tuviera cuidado de no perderme, porque cada mañana tendría que contar cabezas antes de subir al autobús y él prefería no tener sustos.

Pasamos unos días en Bangkok, templos, mercados, el calor pegajoso al que todavía no me había acostumbrado y que me dejaba la camisa empapada antes del mediodía, y después fuimos recorriendo el sur de Tailandia en autobús, parando en un par de sitios que ya ni recuerdo bien el nombre, hasta llegar finalmente a Koh Samui. Fue allí donde conocí a una mujer local llamada Mali, una tarde en la que el guía nos había dado tiempo libre y yo había salido a caminar sin ningún destino concreto.

Estaba divorciada, tenía dos hijos ya adultos que vivían fuera de la isla, y era propietaria de varios negocios pequeños allí mismo, un puesto de comida cerca del puerto, un par de habitaciones que alquilaba a mochileros, y algo relacionado con excursiones en barco que nunca terminé de entender del todo bien por mucho que me lo explicara.

Nos llevamos genial desde el primer momento, hablando de nada en particular durante horas como si nos conociéramos de toda la vida. En vez de enseñarme los típicos sitios turísticos que el resto del grupo visitaba con el guía al día siguiente, Mali me llevó a lugares que la mayoría de los visitantes nunca llegan a ver, una playa pequeña sin nombre en ningún mapa turístico a la que se accedía por un sendero entre árboles, un puesto de fideos que solo conocían los vecinos y donde el dueño la saludó por su nombre, un templo en la montaña al que se subía en moto por una carretera de tierra que no aparecía en ninguna aplicación, donde nos quedamos sentados en silencio un buen rato viendo cómo se ponía el sol sobre el resto de la isla sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de llenar el silencio con nada. Sinceramente, era como tener mi propia guía turística personal, solo que mucho mejor compañía que cualquier guía oficial que hubiera contratado antes, y sin ningún grupo de jubilados esperando en el autobús.

Recuerdo una tarde concreta, sentados los dos en la terraza de madera de una de sus habitaciones vacías esa semana, cuando le pregunté sin mucho tacto cómo se las apañaba llevando tantos negocios ella sola. Se rió y me contó que había empezado con el puesto de comida hacía casi quince años, con una freidora prestada y una mesa plegable, y que todo lo demás había ido llegando despacio, sin ningún plan maestro detrás. No parecía nada impresionada consigo misma al contarlo, cosa que a mí, viniendo de un trabajo de oficina bastante gris en Irlanda, me impresionó todavía más.

Cuando terminaron mis vacaciones y volví al aeropuerto, la despedida fue más rara de lo que esperaba para alguien a quien acababa de conocer. Seguimos en contacto todos los días sin excepción a partir de entonces. Me llamaba cada mañana antes de que yo empezara a trabajar en Irlanda, y otra vez cada noche antes de acostarme, con la diferencia horaria convertida en una especie de reloj compartido entre los dos que acabé memorizando sin darme cuenta. Ya estábamos haciendo planes para que volviera al año siguiente y pasara un mes entero con ella, algo que en su momento me parecía razonable y ahora, mirando atrás, me parece bastante precipitado para dos personas que se habían visto en persona apenas unos días.

Por desgracia, el confinamiento lo cambió todo. El turismo desapareció de la noche a la mañana, sus negocios sufrieron muchísimo, las habitaciones vacías, el puesto de comida cerrado meses seguidos, y después de casi veinte años viviendo en Koh Samui, tuvo que volver a su pueblo natal en Isaan porque ya no podía mantener el alquiler ni pagar a nadie. Recuerdo la llamada en la que me lo contó, su voz más apagada de lo normal, hablando de veinte años de su vida guardados en unas pocas maletas.

Incluso en medio de todo eso, nunca perdimos el contacto. Seguía llamándome todos los días a la misma hora de siempre, nunca me pidió ayuda directamente, y nunca me presionó para que me mudara a Tailandia ni para que hiciera nada en absoluto por ella. De vez en cuando le mandaba 5.000 baht para echarle una mano porque quería hacerlo, no porque ella lo esperara ni lo insinuara jamás. Recuerdo una vez que se lo mandé sin avisar durante los peores meses del confinamiento, y ella me llamó esa misma noche casi para regañarme, diciéndome que ya se las apañaba, que no hacía falta, que se lo devolvería en cuanto pudiera aunque yo insistiera en que no era necesario.

Siempre le dije que no podía mudarme allí a tiempo completo porque soy un tipo bastante normal con un trabajo bastante normal, sin ahorros para dar el salto que otros parecen dar sin pensárselo dos veces. Pero es tranquilizador saber que ella es independiente, que tiene su propia casa en Isaan, y que en ningún momento depende de mí económicamente para salir adelante, algo que después de tantas historias que había oído antes de conocerla no daba por hecho con nadie.

Durante esos años de confinamiento hablamos de todo lo que probablemente no habríamos hablado tan pronto si hubiéramos podido seguir viéndonos en persona cada pocos meses. De sus hijos, de mi familia en Irlanda, de lo que cada uno esperaba de la vida a estas alturas, de si algún día alguno de los dos estaría dispuesto a cambiar de país por el otro. Ninguna de esas conversaciones llegó a ninguna conclusión firme entonces, pero sirvieron para conocernos de una forma mucho más profunda de lo que probablemente habría pasado nunca solo con visitas cortas de vacaciones cada cierto tiempo.

He vuelto a Tailandia varias veces desde entonces, en cuanto las fronteras volvieron a abrir y luego cada vez que el trabajo me lo permitía, y cada visita nos llevamos incluso mejor que la anterior. La última vez fuimos juntos a visitar a su familia en el pueblo, comimos en el suelo de la casa de su hermana rodeados de sobrinos que no paraban de mirarme y de tocarme el brazo para ver si el vello se sentía distinto, y por primera vez sentí que aquello podía ser algo permanente y no solo unas vacaciones muy largas repetidas año tras año.

Cada visita también trae pequeños cambios que solo se notan si vas volviendo con el tiempo. La primera vez que volví después del confinamiento, su casa nueva en Isaan todavía estaba a medio amueblar, con cajas sin abrir en una esquina del salón. La última vez ya tenía cortinas, un jardín pequeño con chiles que ella misma cultivaba, y una foto nuestra de aquel primer viaje a Koh Samui colgada en la pared de la entrada, algo que sinceramente no me esperaba encontrarme ahí colgado, en un sitio tan visible.

Tengo muchísimas ganas de volver a Tailandia y verla otra vez. Espero que podamos retomarlo justo donde lo dejamos, como siempre hacemos en cuanto nos volvemos a ver en persona. De hecho, tengo pensado pedirle matrimonio la próxima vez que esté allí, así que espero de verdad que no haya una segunda parte de esta historia en la que acabe perdiéndolo todo.

No sé muy bien cómo va a reaccionar, la verdad, aunque después de tantos años y tantas llamadas diarias me atrevería a decir que se lo espera casi tanto como yo. Sea como sea, pienso presentarme allí con el anillo en la maleta y dejar que sea ella quien decida el resto de la historia.

Pero bueno, esa es mi pequeña experiencia hasta ahora, espero que os sirva de algo a quien esté pasando por lo mismo.

Sigue leyendo

Historias relacionadas