Antes de volar a Bangkok, compré un Rolex falso por 40 dólares en Nueva York. Resultó ser la decisión más inteligente de todo el viaje.
En resumen
Recién divorciado, viajé a Bangkok con un Rolex falso de 40 dólares comprado en una escala en Nueva York. Entre bares y una mujer reservada que solo daba una condición para volver a verla, el viaje me dejó dos noches inolvidables, una lección sobre la confianza y ninguna intención de llevarme el reloj de verdad la próxima vez.
Llevaba tres meses divorciado cuando mi amigo Marcos me dijo que necesitaba un viaje que me devolviera la fe en algo. No especificó en qué exactamente. En las mujeres, en mí mismo, en la idea de que había vida después de firmar unos papeles y vaciar un piso a medias.
Para entonces ya estaba cansado de las mismas conversaciones de siempre, de las mismas aplicaciones, de contar la misma historia del divorcio a desconocidas que fingían interés educado durante veinte minutos. Marcos lo dijo sin rodeos: necesitaba salir del país antes de convertirme en alguien insufrible en cualquier cena.
Reservé los vuelos a Bangkok esa misma noche, medio en broma. A la mañana siguiente ya no me lo pareció.
La ruta tenía una escala nocturna en Nueva York. Salí a cenar solo, todavía con la cabeza puesta en abogados y muebles repartidos, y en la acera un vendedor ambulante me paró con un maletín lleno de relojes.
Sacó un Rolex y me lo puso en la palma como si me entregara algo sagrado. El acabado era perfecto. El peso, el cristal, el tictac del segundero. Si no llego a saber que pedía ochenta dólares por él, habría jurado que era el mismo modelo que llevaba mi excuñado en las bodas.
"Es el mismo peso que el original", me dijo, muy serio, como si eso zanjara cualquier duda moral sobre la operación. Le pregunté si me lo garantizaba por escrito y se rió más que yo.
Regateé hasta cuarenta. Me lo puse ahí mismo, en la calle, y durante el resto de la cena caminé mirándome la muñeca como un adolescente con su primer reloj de verdad.
Había pensado en llevarme mi reloj de verdad al viaje. Al final lo dejé en un cajón, por si acaso. No sé si fue instinto o pereza, pero con el tiempo entendí que fue la decisión más rentable de toda mi vida adulta.
Llegué a Bangkok dieciocho horas después, con el reloj falso en la muñeca y ningún plan más allá del nombre del hotel.
Las dos primeras noches las pasé sin rumbo, moviéndome de bar en bar, dejando que la ciudad decidiera por mí. Y en algún momento empecé a notar algo raro: la gente miraba el reloj.
No decían nada. Nadie mencionaba la marca. Pero veía cómo pasaban los dedos por el bisel cuando me servían una copa, cómo se quedaban mirando la esfera un segundo de más, calculando algo detrás de los ojos. Me hacía gracia. Aquel trasto había costado menos que la ronda de cervezas que tenía delante, y sin embargo parecía abrir más puertas que cualquier cosa que hubiera dicho yo en toda la noche.
Empecé a jugar con eso, un poco. Dejaba la muñeca apoyada en la barra más tiempo del necesario, giraba el reloj hacia la luz cuando alguien se acercaba. No era orgullo por el objeto en sí, era la comedia del asunto: cuarenta dólares comprando la misma atención que en casa me habría costado un préstamo. Un camarero incluso me llamó "Farang con suerte" la segunda noche, señalando la muñeca, y yo levanté el vaso como si de verdad me lo creyera.
Una de esas noches conocí a dos chicas, Mint y Fah, en un bar que ya empezaba a sentir como mío. Hablamos, bebimos, la noche se torció hacia algo que no tenía intención de frenar. No me arrepiento de nada de aquello.
Al día siguiente, con resaca y hambre, entré a comer algo cerca del hotel. En la mesa de al lado había una mujer sola, mayor que las de la noche anterior, con una manera de sentarse que imponía cierto respeto sin proponérselo.
Hablamos un rato. Le pregunté el número, se lo pregunté dos veces más de formas distintas, le pregunté a qué se dedicaba. A todo respondió con la misma calma, sin dar nada.
Me dijo que si de verdad quería conocerla, volviera a esa misma mesa a la misma hora al día siguiente. Nada más. Ni un nombre completo, ni un contacto, solo esa condición.
Me pareció lo suficientemente extraño como para decir que sí.
Esa noche volví a salir con Mint y Fah y el resto de gente que ya reconocía en mi bar de siempre. Alguien preguntó por el reloj, dije que era un regalo de mi abuelo, y todos lo dejaron ahí, aunque noté las mismas miradas de siempre puestas en la muñeca.
Al día siguiente ella estaba en la mesa, puntual. Se llamaba Waan.
Pasamos el día entero juntos. Alquilamos algo para movernos y salimos de la ciudad, paramos en un par de sitios sin mucho plan: un templo tranquilo casi vacío a esa hora, un puesto de comida junto al río donde comimos sentados en bancos de plástico, un mercado pequeño donde compró fruta y no me dejó pagarla aunque insistí dos veces.
En cada parada nos turnábamos quién cubría la cuenta, cincuenta Baht aquí, doscientos allá, sin que nadie llevara la cuenta de quién debía a quién. Ella pagó el barco que nos cruzó al otro lado del río; yo pagué el café después. Nada de aquello parecía calculado, y quizás por eso, después de tres días de rondas y desconocidos calculando el precio de mi reloj falso, se sintió tan distinto. Se sintió normal, casi aburrido en el mejor sentido posible.
Hablamos de mi divorcio en algún momento de la tarde, sentados en un muelle de madera viendo pasar barcazas. Se lo conté sin la versión resumida que le daba a las desconocidas de las aplicaciones. Ella escuchó, no dijo gran cosa, y por primera vez en el viaje no sentí que tuviera que llenar el silencio con algo gracioso.
Por la tarde, mientras tomábamos algo antes de volver, le sonó el teléfono. Era una amiga suya que quería unirse. Waan dudó un segundo, dijo que sí, y quince minutos después apareció una mujer que se presentó como Bee, con una energía completamente distinta a la de Waan: más ruidosa, más rápida, pidiendo rondas antes de que termináramos las anteriores.
La tarde se volvió noche y la noche se volvió un poco caótica. Brindis, más brindis, alguna canción de karaoke de fondo en el local de al lado, Bee cambiando de tema cada dos minutos, Waan riéndose de algo que yo no llegaba a entender del todo. En un momento Bee me preguntó, como quien no quiere la cosa, cuánto tiempo me quedaba en Bangkok y en qué hotel estaba. Se lo dije sin pensarlo dos veces, todavía convencido de que aquella noche no era muy distinta de cualquier otra sobremesa larga.
En algún momento decidimos parar. Volvimos hacia el hotel los tres, y Waan y Bee se despidieron de mí en la puerta, entre abrazos y risas, todavía con el efecto de la última ronda encima.
Subí a la habitación un poco a trompicones, feliz, pensando que quizá Marcos tenía razón con lo del viaje. A mitad de pasillo me miré la muñeca por costumbre, para ver la hora.
No había reloj.
No tenía número de ninguna de las dos. No tenía apellido, ni dirección, ni una sola forma de reconstruir el camino hasta esa mesa de restaurante donde todo había empezado. Nada.
Me reí solo, ahí de pie en el pasillo, más tiempo del que debería admitir. Cuarenta dólares por dos noches que de verdad recordaré, y una lección incluida sobre lo rápido que puedo llegar a confiar en alguien que apenas conozco.
A la mañana siguiente, en el bar de siempre, alguien preguntó por el reloj. Dije que lo había mandado a arreglar, que le estaban cambiando un diamante. Nadie dudó ni un segundo, y seguí disfrutando del resto del viaje como si no hubiera pasado nada, porque en el fondo no había perdido gran cosa.
Sigo sin saber si Waan planeó aquello desde el primer día en esa mesa o si simplemente se aprovechó de una oportunidad que se le puso delante en la puerta del hotel. Tampoco estoy seguro de que importe demasiado.
Lo que sí sé es que la próxima vez que vuelva a Bangkok, el reloj de verdad se queda otra vez en el cajón, y el falso viaja conmigo desde el primer día.