Portada: Om nunca me pidió ni un penique en dos años. Ahora lleva las noches tailandesas de nuestro pub.

Om nunca me pidió ni un penique en dos años. Ahora lleva las noches tailandesas de nuestro pub.

En resumen

Un británico de 26 años conoció a Om en un bar de Soi Buakhao, Pattaya, y volvió a encontrarla meses después sirviendo café en Beach Road. Dos años sin pedirle nada, un visado complicado y una boda después, ahora llevan juntos un pub en Inglaterra con noches temáticas tailandesas.

Soy británico, tenía 26 años, trabajaba en una oficina en las afueras de Manchester y llevaba meses necesitando desconectar de la rutina, y visité Tailandia por primera vez en marzo de 2015 junto a un amigo que había estado allí dos o tres veces en los años anteriores y no paraba de insistir en que tenía que verlo con mis propios ojos.

Decidimos recorrer el país entero, con un itinerario bastante improvisado, pasando dos o tres días en cada sitio donde termináramos parando antes de seguir camino. Empezamos las vacaciones en Pattaya y las terminamos en Phuket casi tres semanas después, con Koh Samui, Koh Phangan y la isla de Phi Phi por el medio, un viaje que en su momento me pareció el más ambicioso que había hecho nunca.

Nuestra primera noche en Pattaya la pasamos en los bares de Soi Buakhao, con el calor todavía pegado a la ropa después de un vuelo larguísimo, donde me puse a hablar con una mujer llamada Om.

Mi amigo ya me había contado antes cómo funcionaban los bares en sitios como Pattaya, así que sabía más o menos qué esperar de la conversación, o eso creía yo entonces. Om llevaba el pelo recogido en una coleta y una camiseta del bar un par de tallas más grande, y hablaba un inglés bastante bueno, con ese acento marcado que se nota enseguida en quien ha aprendido el idioma escuchando a turistas antes que en un aula.

Mientras hablaba con Om, me contó que trabajaba en una cafetería durante el día y que solo había empezado a trabajar en el bar un par de semanas antes, porque su hermana pequeña también trabajaba allí y necesitaban el dinero extra ese mes en concreto, según me explicó sin darle mayor importancia. Simplemente asumí que era la típica historia que contaban, tal como mi amigo me había advertido sobre el tipo de cosas que solían decir las chicas en esos sitios para generar simpatía. Aun así, había algo en su forma de contarlo, sin dramatizar ni insistir en el tema, que se me quedó grabado más de lo que esperaba.

A medida que avanzaba la noche, Om y yo decidimos tomar unas copas más en el hotel una vez que terminara su turno, ya que al día siguiente libraba en la cafetería. Mi amigo se quedó en el bar con otro grupo que había conocido esa misma noche, así que Om y yo caminamos solos las pocas calles hasta el hotel, charlando de tonterías, de mi vuelo, de su ciudad natal, sin ninguna prisa por llegar.

A la mañana siguiente, Om se marchó temprano, antes incluso de que yo terminara de despertarme del todo. Me preguntó si podíamos intercambiar números, así que lo hicimos, apuntándolo cada uno en el teléfono del otro entre risas por lo mal que se me daba escribir en el teclado tailandés, y siguió su camino. Volví a juntarme con mi amigo para el resto de las vacaciones, pensando que aquella sería la última vez que vería a Om durante ese viaje, y así se lo dije, medio en broma, cuando me preguntó qué tal me había ido la noche.

Recorrimos el resto del país tal como habíamos planeado, Koh Samui, Koh Phangan, Phi Phi, cada isla con su propio ritmo y su propia luz, pero reconozco que durante esas semanas pensé en Om más de lo que le habría admitido a mi amigo en su momento. Me contagié por completo del gusanillo de Tailandia, y en cuanto volvimos reservé vuelos para aquel noviembre sin pensármelo mucho, casi antes de haber deshecho la maleta del primer viaje.

Durante nuestro segundo viaje decidimos pasar cinco noches en Pattaya, y la primera mañana paramos a tomar algo mientras andábamos por ahí sin rumbo fijo, con el jet lag todavía metido en el cuerpo y ganas de un café decente antes que de otra cosa.

Nos paramos en una cafetería pequeña cerca de Beach Road, con un par de mesas fuera y un toldo desteñido por el sol, y Om estaba sirviendo los cafés detrás del mostrador. Se quedó parada un segundo al verme, como si no terminara de creerse que fuera yo, antes de sonreír de verdad. Me preguntó por qué no había mantenido el contacto con ella, casi a modo de reproche cariñoso, y me contó que ya no trabajaba en el bar, que ella y su hermana habían vuelto a vivir con la familia en su segundo pueblo, más al interior, y que ahora solo hacía turnos en la cafetería de una tía suya.

Om y yo salimos esa noche y nos pusimos al día con calma, sentados en un restaurante sencillo junto a la carretera, y hablamos durante horas de cosas que no tenían nada que ver con bares ni con turistas.

Esta vez sí mantuve el contacto con Om, porque creí de verdad que estaba siendo sincera conmigo, no contándome las historias típicas de bar que mi amigo me había descrito antes del primer viaje. No pedía nada, no insinuaba nada, simplemente me escribía para contarme cómo le había ido el día, y eso, más que cualquier otra cosa, fue lo que me hizo bajar la guardia poco a poco.

Pasé las siguientes dos semanas visitando a Om y manteniendo el contacto con regularidad, cogiendo el autobús hasta su pueblo un par de veces para conocer a su madre y a su hermana, que me recibieron con una amabilidad que no me esperaba dado lo poco que nos conocíamos todavía. De vuelta en Inglaterra, seguimos hablando casi a diario por videollamada, sorteando la diferencia horaria como podíamos, y Om nunca me pidió ni un solo penique durante esos dos años completos, algo que, con el tiempo, entendí que no era nada habitual según lo que había leído y escuchado sobre este tipo de relaciones.

Hacia finales de 2017, Om me dijo que quería venir a visitarme a Inglaterra, pero me contó, con cierta vergüenza en la voz, que no tenía el dinero para el vuelo y que no sabía cuándo podría ahorrarlo trabajando en la cafetería.

Así que decidí que pagaría yo el vuelo de Om, una vez que por fin conseguimos el visado de turista para ella, lo cual resultó ser bastante más complicado de lo que parece sobre el papel, con entrevistas, extractos bancarios y cartas de invitación de por medio que tardamos semanas en reunir. Cuando por fin la vi salir por la puerta de llegadas en Heathrow, con una maleta demasiado grande y cara de no haber dormido en el vuelo, sentí un nudo en el estómago que no había sentido en mucho tiempo. Pasamos cada minuto del día y de la noche juntos durante esa visita, le enseñé mi pueblo, a mis padres, a mis amigos de toda la vida, y ella se adaptó a todo con una naturalidad que me sorprendió.

Después de aquella primera visita a Inglaterra hubo más, y yo volví a Tailandia otras tantas veces, cada viaje un poco más largo que el anterior, hasta que dejamos de contar los días que llevábamos separados y empezamos a hablar en serio de qué hacer con todo aquello. Nos casamos en una ceremonia pequeña, sin grandes lujos, con su familia y un puñado de amigos míos que hicieron el viaje solo para estar presentes, y recuerdo pensar aquel día que ninguno de los dos habría imaginado, en aquella primera noche en Soi Buakhao, que las cosas terminarían así.

Avanzando rápido hasta ahora, Om y yo tenemos un niño precioso de dos años, que ya empieza a chapurrear alguna palabra en tailandés gracias a las videollamadas semanales con su abuela, y estamos felizmente casados, algo que hace unos años ni se me habría pasado por la cabeza.

Tengo unos suegros estupendos en Tailandia, gente encantadora que siempre nos recibe con los brazos abiertos cada vez que volvemos de visita, cargando la nevera de comida casera hasta reventar aunque solo vayamos a quedarnos unos días, y Om y yo llevamos un pub en mi pueblo natal, donde tenemos muy buena reputación por la comida, sobre todo por nuestras noches temáticas tailandesas, en las que Om se luce completamente con su cocina y los vecinos hacen cola para probar su pad kra pao. Ha convertido lo que en su día fue un pub de barrio bastante corriente en algo que la gente reserva con antelación los jueves por la noche.

Quería compartir esta historia porque termina de forma feliz, a diferencia de algunas de las historias de terror que seguramente os llegan al canal. Solo quería enseñar a la gente que no todo es desgracia y desesperación, y que se puede encontrar la felicidad de verdad justo cuando menos te lo esperas, incluso empezando de la forma más típica y sospechosa posible, en un bar de Soi Buakhao un día cualquiera de marzo.

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