A los 52 años volé a Tailandia para conocer en persona a Chompoo, mi novia de Messenger, con más dudas que ilusión. Entre peticiones de dinero, una pulsera de oro y una factura por ir a buscarme al aeropuerto, casi reservo el vuelo de vuelta a Auckland. Una prueba sencilla, pedirle que me devolviera el dinero, cambió todo lo que pensaba de ella.
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Recién divorciado, viajé a Bangkok con un Rolex falso de 40 dólares comprado en una escala en Nueva York. Entre bares y una mujer reservada que solo daba una condición para volver a verla, el viaje me dejó dos noches inolvidables, una lección sobre la confianza y ninguna intención de llevarme el reloj de verdad la próxima vez.
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A los 39 años, un viajero australiano habitual de Tailandia conoció a una chica jugando al billar en un bar de Pattaya. Diez días perfectos, un torneo de golf en Indonesia, visitas a la familia en Isaan. Todo bien hasta que seis meses de distancia por trabajo destaparon que el novio escocés que ella decía haber dejado nunca se había ido.
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Un británico de 41 años pasó en dos semanas de un ligue en Soi 4 a hablar de dote y reformas de casa. Estuvo a punto de enviar 400.000 baht. No lo hizo.
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