Llevaba quince años yendo a Tailandia y me creía un viajero curtido. Una partida de billar en Pattaya me demostró que no sabía nada.
En resumen
A los 39 años, un viajero australiano habitual de Tailandia conoció a una chica jugando al billar en un bar de Pattaya. Diez días perfectos, un torneo de golf en Indonesia, visitas a la familia en Isaan. Todo bien hasta que seis meses de distancia por trabajo destaparon que el novio escocés que ella decía haber dejado nunca se había ido.
Llevaba quince años yendo a Tailandia. Vacaciones, golf, algún amigo que se había instalado allí para siempre y al que visitaba de paso cada vez que aterrizaba. Me consideraba un viajero curtido, de los que ya no se sorprenden con nada del país, de los que hablan de Tailandia con la seguridad de quien cree haberlo visto todo.
Tenía 39 años cuando descubrí que estaba equivocado.
Aterricé en Pattaya un jueves por la tarde, después de un vuelo largo desde Australia con dos escalas y cero horas de sueño decente. Dejé la maleta a medio deshacer sobre la cama, me duché rápido y bajé a estirar las piernas antes de cenar. No tenía ningún plan más ambicioso que encontrar algo de comer y quizá una cerveza fría.
Terminé en un bar de Soi 13, buscando el baño entre luces de neón y música demasiado alta, cuando una chica me paró en seco.
Hola, hombre guapo.
La frase más gastada de toda Tailandia. La había oído cien veces en cien bares distintos, siempre con la misma sonrisa profesional detrás, la misma mano en el brazo. Estuve a punto de seguir caminando sin ni siquiera aminorar el paso. Ya sabía cómo seguía el guion.
Algo me hizo pararme. Puede que fuera el cansancio del vuelo, puede que fuera simple curiosidad por la mesa de billar que tenía justo detrás de ella. Le propuse una partida en lugar de la copa que sospechaba que tenía pensado venderme.
Jugamos varias rondas. Tenía mejor mano que yo con el taco y no se cortaba en recordármelo cada vez que fallaba una bola fácil, señalándome con el taco y riéndose sin disimulo. Reímos más de lo que suele reírse uno con un desconocido a los cinco minutos de conocerlo. Cuando llegó la partida decisiva, con media barra mirando, hice lo que hace cualquier caballero con quince años de experiencia tailandesa a sus espaldas: perdí a propósito.
Las reglas que habíamos puesto eran claras. El perdedor invita a cenar. Comimos pescado a la parrilla en un puesto callejero cerca del bar, sentados en taburetes de plástico demasiado bajos, y después caminamos descalzos por la playa hasta quedarnos sin excusas para no despedirnos.
Le pregunté si tenía novio.
Me contó que acababa de terminar una relación larga con un escocés. Necesitaba tiempo para ella, dijo, tiempo para pensar en lo que quería de verdad después de tantos años con la misma persona. Medio en broma, le pregunté si consideraría un novio australiano como reemplazo a largo plazo. Se rió, dijo que sí, y en la forma en que lo dijo no supe distinguir cuánto había de broma y cuánto de otra cosa. Entonces no le di más vueltas.
Pasamos diez días juntos. Motos alquiladas por la costa, un templo en la colina al que subimos solo para ver el atardecer, mercados nocturnos donde ella regateaba por mí en tailandés mientras yo fingía entender algo, comidas larguísimas que empezaban a las siete y terminaban pasada la medianoche. No sé cómo describirlo sin sonar como todos los que ya han escrito algo parecido sobre Tailandia. Recuerdo estar tumbado una noche pensando que el país me había atrapado por completo, sin condiciones ni reservas de ningún tipo, algo que no me había pasado en quince años de ir y venir.
Unos meses después tuve un torneo de golf en Indonesia. La invité sin pensarlo demasiado, casi como una prueba para ver si lo de Pattaya sobrevivía fuera de Pattaya. Fueron otros diez días, escenario distinto pero la misma sensación exacta, cenas junto a la piscina del hotel, ella esperándome en la línea dieciocho las tardes que jugaba mal y necesitaba que alguien se riera de mí. Gané el torneo con una tranquilidad que no recordaba haber sentido jugando solo. Repartí parte del premio entre ella y su familia, unos cuantos miles de Baht que a mí no me suponían gran cosa y a ellos les cambiaban el mes entero.
Nunca me pidió nada. Ni dinero, ni ropa, ni un teléfono nuevo, ni ninguna de esas peticiones que había oído contar a otros extranjeros a modo de advertencia entre risas incómodas de barra de bar. Yo me ocupaba de que no le faltara nada sin que ella tuviera que pedirlo, que es una diferencia que solo entiendes cuando la vives de cerca.
Con los viajes siguientes nos fuimos acercando más. Conocí a su familia. Me quedé varias noches en su casa, en un pueblo de Isaan donde las gallinas entraban y salían de la cocina como si formaran parte de la familia también. Su madre me enseñó a preparar arroz pegajoso mientras su padre me ganaba al billar en un bar del pueblo, algo que nunca le confesé a ella. Sus vecinos me llamaban por mi nombre en lugar de gritarme Farang como en la ciudad, un detalle pequeño que en su momento me pareció enorme. Aquello ya no parecía unas vacaciones con acompañante. Parecía, con todas sus letras, una relación.
Entonces el trabajo me llevó fuera durante seis meses. Alemania, Australia, el Reino Unido, reuniones que se sucedían unas a otras sin apenas respiro entre vuelo y vuelo. Los mensajes pasaron de diarios a semanales, y de semanales a lo que fuera que le apeteciera contestar aquel día. No hubo una discusión ni un motivo concreto que señalar con el dedo. Solo la distancia haciendo lo que hace siempre cuando nadie la vigila de cerca, comiéndose los minutos de conversación hasta dejar solo los mensajes de buenos días.
Decidí hacerle una visita sorpresa. Sin avisar, sin billete de vuelta comprado siquiera, con la idea de que aparecer sin más resolvería lo que las palabras por teléfono ya no estaban resolviendo.
Entré en su bar de Pattaya y se alegró de verme, de eso no tengo ninguna duda. Pero había algo raro en la forma en que se alegraba, como si estuviera calculando algo por dentro al mismo tiempo que sonreía por fuera, un segundo de retraso entre la sorpresa y el abrazo.
En los días siguientes empezó a pedirme dinero. Cantidades que no encajaban con la chica que en dos años nunca me había pedido nada. Había además una dureza nueva en su forma de hablar, unos silencios donde antes solo había bromas, una prisa por cambiar de tema cada vez que yo preguntaba demasiado.
Le pregunté a su mejor amiga qué estaba pasando. Le costó soltarlo, se le notaba incómoda mirando al suelo mientras hablaba, pero al final lo dijo: el escocés nunca había sido un ex. Seguía muy presente, documentado con pelos y señales en una cuenta de Facebook que yo no sabía que existía. Nochevieja juntos. Cenas de Navidad. Fotos etiquetadas con corazones y comentarios de amigos comunes que yo jamás había visto ni imaginado que existían.
Quise comprobarlo con mis propios ojos antes de creerlo del todo. No tuve que esperar mucho.
Los vi caminando de la mano hacia el bar una tarde cualquiera, ella riendo de algo que él acababa de decir, los dos con las bolsas de un mercado nocturno colgando del brazo libre. No me vio. Pasé por su lado, le hice un gesto con la cabeza y seguí caminando sin detenerme ni pedir explicaciones que ya no necesitaba.
Le deseo lo mejor. De verdad lo hago. Pero ahí se acabó todo, sin gritos ni escenas, sin nada que reprocharle en voz alta.
A veces pienso en aquella primera partida de billar, en cómo perdí a propósito para hacer bien las cosas, convencido de que era yo quien llevaba la iniciativa. Debería haber prestado más atención a cómo jugaba ella esa noche. Ya entonces sabía exactamente cuándo dejar ganar a alguien, y cuándo dejarlo creer que había ganado él solo.